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1943- El volcán de Parangaricutiro

L.M. No. 165  p-14

Por: Eugenio Pons Guido

Aquí tenemos a un muchacho que un día se dio cuenta que dentro de su mochila llevaba una pluma con la cual podía describir todo “eso” que tienen los paisajes y que no puede ser captado por la cámara fotográfica.

Su estilo, sencillo y nervioso como su temperamento hace pensar que siente que se le queman las manos cuando golpea las teclas de su máquina.  Lea usted este artículo.  Es de un joven escritor que nace.

 

En una forma intempestiva, y por consiguiente más sensacional, nos fue dado presenciar la famosa erupción del volcán de Parangaricutiro que sembró el terror por las bellas tierras michoacanas en los primeros días de su aparición.

A invitación de los buenos amigos del “Club España”, organizamos una pequeña expedición entre seis miembros del Club, y todos juntos salimos la noche del sábado 27 de Febrero en un par de automóviles.  El camino es larguísimo y, muy lentamente para nuestras ansias, vemos desfilar ante nuestros ojos Toluca, la poderosa sierra de Tingambato, después Morelia que duerme.  No conseguimos gasolina y decidimos ir un poco más delante para hallarla.  Una fugaz visión del lago de Pátzcuaro iluminado por el menguante de luna y con las últimas gotas de gasolina entramos en Zacapu, un sonriente poblado donde nací y vi correr los primeros años de mi vida.  Son las cinco de la mañana y todavía no venden gasolina.  Mientras esperamos, bajo del corre y voy a visitar la plaza.

La salida se prolonga demasiado con gran beneplácito mío, pues me dedico a husmear por todos los rincones que me guardan alegres recuerdos.  Bien entrada la mañana reanudamos el viaje y nos internamos en la fresca sierra de Zinziro.  Media hora después, en una revuelta del camino aparece ante nosotros, la primera señal del cataclismo.  Enfrente tenemos una inmensa extensión de montañas, todas azules y cubiertas completamente de vegetación.  La fertilidad de aquella tierra bendita se muestra pujante dando un bello aspecto a los vallecitos que apenas se distinguen en aquel mar de verdura.  Pero , allá, muy lejos, sobre aquellas montañas, una nubecilla se cierne amenazadora sobre el encantador paisaje.  Es el humo del volcán que debido a la distancia, toma ese aspecto tan inofensivo.  La emoción sube al máximo.  Atentamente la contemplamos sin poder creer en su salvaje poderío.  Vamos con ansiedad, pasando por alegres caseríos: Carapan, Cherán, Paracho, Aranza; sobre estos últimos la columna de humo es ya inmensa y cubre el zenit dividiéndolo completamente en dos partes como un funesto presagio.  Llegamos al fin a la desviación de San Juan.

Aquí ya no hay carretera, sino solamente un infame camino de herradura que tiene que ser utilizado como tal.  Ahí vamos dando tumbos, ahogados por el espejo polvo que se levanta.  El cielo se ve obscurecido como por nubes de lluvia.  En una parada que hacemos, podemos distinguir allá arriba el sordo fragor que produce el volcán.  Es una especie de bramido que se repite cada tres segundos haciéndonos sentir una extraña sensación.  Seguimos caminando entre el espeso bosque que hace las veces de invernadero.  El calor es sofocante y dormitamos atarantados.  Varias horas después, innumerables coches y camiones parados a lo largo de la calzada nos indican la meta.

Un espectáculo sublime y aterrador al mismo tiempo se presenta ante nuestra vista.  A unos tres kilómetros está el volcán.  Es un conito de arena entre los sembrados.  A cada retumbo, el cráter lanza enormes llamaradas e inmensos abanicos  de piedras que dan la impresión de caer lentamente sobre los bosques debido a la inmensa altura a que son lanzadas.  Por las ardientes laderas bajan torrentes de piedras humeantes que se acumulan en la parte baja.  Una pertinaz lluvia de ceniza cae sobre nosotros.  Las cámaras funcionan afanosamente y después marchamos a intentar acercarnos lo más posible.  Atravesamos sembrados, corralillos abandonados, árboles resinosos que estaban en explotación, todo ello dejado precipitadamente en los primeros momentos de terror.  Algunas vacas andan por ahí sueltas, rumiando impasibles sus forraje, sin importarles un comino el desastre.  Varios miradores magníficos son despreciados en nuestro afán de llegar adelante.  Ya no es arena sino piedrecillas las que caen en abundancia produciendo un sordo rumor; recogemos algunas.  Son prosas y se deshacen en nuestras manos. Seguimos anhelantes por el bosque caminando sobre una verdadera alfombra de arena que ha cubierto el musgo.  Una loma y otra que no dan las condiciones deseadas.  Hay demasiados árboles que ocultan el monstruoso engendro que ha de devorarlo.  Ya desistimos de seguir, pues nuestros corazones se oprimen de terror.   El estruendo es inmenso y tenemos que entendernos a gritos.  Pero logramos dominarnos y continuamos.  Cuando vienen fuerte las pedradas nos cobijamos en los troncos como pollitos bajo la gallina.  Por fin encumbramos una pequeña eminencia y un dantesco espectáculo se presenta a nuestra vista.

La enorme bocaza está frente a nosotros.  Las gigantescas llamaradas se levantan como treita metros del borde produciendo un fortísimo desalojamiento de aire que nos azota la cara con ardiente vahara.  Nuestras ropas se pegan calientes al cuerpo.  Sobre nuestras cabezas, la inmensa columna de humo espesísimo se pierde en el infinito.  Millares y millares de pedruscos de todos tamaños se desprenden de ella haciendo la impresión de que van a caer todas sobre nosotros.  Solamente las pequeñas nos hostilizan.  Algunas grandes caen silbando como meteoros por allí cerca y luego permanecen humeando impotentes.  Por el borde se derraman cascadas de rocas incandescentes que chorrean produciendo unos efectos fantásticos como juegos de pirotecnia.  Todo el cono queda cubierto de humo dando la impresión de que ha desaparecido calcinado.

Las cámaras funcionan de prisa, manejadas por las manos nerviosas.  No podemos enfocar, por temor a los pedruscos que caen cada vez en mayor cantidad.   Parece que tiene el volcán una fuerte recrudescencia.  En efecto, de repente como que tuvo una contención; no escupió su carga y segundos después una espantosa detonación conmovió el suelo que pisábamos, mientras que la columna de humo aumentaba considerablemente. Ver aquello y correr horrorizados fue cosa de un instante. Luego otra; después, nada.  Siguió rugiendo normalmente y nosotros regresamos aun llanito más lejano donde nos sentamos.  Estamos anhelantes y nos vemos con extrañeza.  Luego soltamos a una la carcajada de vernos la caras mutuamente.   Estamos verdes, cenizos.

Allí permanecemos muchísimo tiempo mirando como fascinados el imponente funcionamiento de aquel monstruo.  Luego, como con pesar, caminamos lentamente de regreso.  Cada segundo volteamos la cara como atraídos.

A mi lado pasan las caravanas de indígenas con sus recuas de acémilas.  Hombres y mujeres caminan estoicamente casi sin mirar el volcán.  Van a sus asuntos sin preocuparse, con ese fatalismo que es innato en su raza.  Escucho su melodioso idioma que tiene ritmos de canción, y me tranquilizo.  Ellos saben tomar la vida como viene; para ellos no hay presente ni futuro, solamente tienen pasado.

Ya en el coche, dirigimos una mirada de despedida al volcán.  Nos despedimos casi cariñosamente, como de un viejo amigo al que se ha querido mucho, y casi con tristeza emprendemos el regreso. Docenas de camiones, coches y camionetas, tropiezan en nuestro camino cargados de gente.  Van a ver también al volcán, a “su” volcán.

Es de noche cuando entramos en Uruapan.  En la plaza principal todo es bullicio y alegría.  La banda de la población toca, y la gente endomingada se dedica a dar la típtica “vuelta”.  Alegres y contentos, con esa sana alegría que es característica de aquella tierra encantadora; todos ríen sin importarles el fenómeno que ruge a escasos treinta kilómetros de sus hogares.  Nosotros, con ese aire  de circunspección hostil que nos da la vida de la gran ciudad, parecemos algo sobrante, una caricatura de gente.  Contemplamos aquel regocijo que se desborda por sobre nuestras cabezas y que sube hasta el cielo, aquel canto triunfante a la vida y sentimos amargamente el punzante deseo de quedarnos allí, de sumergirnos, de desaparecer… Pero hemos de tomar el coche para regresar.  Nunca se nos ha hecho tan dura la palabra.  Arranca el vehículo y sentimos que las lágrimas acuden a los ojos.  ¡Adiós! ¡Adiós Michoacán! Todavía una última visión del volcán que en inmensa fogata nos despide como una antorcha que se nos antoja de esperanza-  Después, uno a uno nos vamos quedando dormidos.  Solamente, nuestro buen amigo Catarino, con las manos sobre el volante, y los ojos fijos en la larga cinta pavimentada, vela por nosotros.

N. de R.  Nacimiento del volcán Paricutín: 20 de Febrero de 1943 a las 17:00 hrs.  Primeras excursiones del Club 27 y 28 de Febrero y 20 y 21 de Marzo de 1943 por el guía Eugenio Pons.

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